Atardecer
del fidelismo
Miguel Saludes
El desconcierto embarga el ánimo de
los fidelistas. El mito se les está muriendo aún en vida. La Providencia es
inescrutable en sus designios, aunque los que la niegan se empecinen en
desconocerla. Ella resulta impredecible e inexorable. Una cadena de
acontecimientos se confabuló contra el Comandante para hacerle esta mala
jugada. Nadie, ni el mismo Castro, hubiera imaginado hace apenas unos años
iba a renunciar a sus grados y control del poder por decisión propia y en
pleno uso de su juicio. Su misión, en lo que le reste de estancia terrenal,
quedará limitada a la redacción de escritos que poco podrán influir en el
curso de los acontecimientos. El propio escritor, quien ahora se hace llamar
el Compañero a secas, parece dudar que sus palabras vayan a ser tomadas al
pie de la letra por los que quedan a cargo de las riendas del gobierno.
Los seguidores y detractores del octogenario dictador caribeño están
viviendo el final de un proceso que les afectó completamente y que contó con
el influjo total de esta figura. Para los primeros la ausencia adelantada
significa el comienzo de un vacío que se profundizará con el paso del
tiempo. Los simpatizantes del experimento revolucionario cubano, muchos de
la misma edad o más viejos que el Compañero reflexivo, comprenden que con la
desmitificación del icono se desdibuja un proyecto que fraguó de manera
incompleta. Infelizmente los buenos propósitos de la Revolución triunfante
en 1959 quedaron supeditados a la leyenda de un poder totalitario y
absoluto, ejercido por una personalidad singular. Los camaradas no se
resignan a ver como el paraíso de sus ideas, el bastión inexpugnable, último
reducto de sus banderas, comienza a liberarse del embrujo que ha subyugado
hasta la muerte.
Los radicales de izquierda tratan de conservar impoluta la imagen del modelo
socialista tropicalizado. Es un reto para los que deberán hacer un juicio
justo para este largo período y la búsqueda de una salida democrática. El
desafío es difícil pues lo impone un grupo de reconocidos intelectuales y
artistas empeñados en salvaguardar para la posteridad una imagen idealizada
del castrismo. Para ellos los cambios que Cuba requiere no pasan de las
mejoras en la vivienda, el transporte, la alimentación. Aspectos todos que
son responsabilidad del embargo-en su porfía le siguen llamando bloqueo-
norteamericano. Las cuestiones de libertades no están en la agenda de los
admiradores del fidelismo.
Cuba es políticamente normal, nos dice Pascual Serrano en un trabajo
aparecido en Juventud Rebelde el pasado mes de enero. Asegura que en la Isla
no hay represión ni jamás se ha visto a la policía cargando contra
manifestantes. Algunos opositores, no los nombra, viven mejor que los
ministros. Los servicios gratuitos de Internet están al alcance de
trabajadores, estudiantes y numerosos profesionales. La crónica del
periodista español no hace referencia alguna a los más de 300 presos
políticos que existen en el país antillano. Omite incluso a los reconocidos
prisioneros de conciencia, de los cuales cuatro acaban de ingresar a España
por acuerdo humanitario del gobierno socialista.
La existencia de un debate dirigido por el único partido reconocido es
suficiente prueba para Serrano de que en la Isla de la Libertad existe
estabilidad, institucionalidad y libre expresión. No le llama la atención
que los temas a discutir queden circunscritos a los renglones económicos y
productivos. O que las inquietudes de más de un millón de emigrados, la
mayor parte residentes en Estados Unidos, no se encuentren en la agenda,
cuando la entrada de estos a su patria está sujeta a estrictos permisos por
los que deben pagar como si se trataran de extranjeros. No le resulta
extraño que después de cuarenta años una sola persona haya tenido bajo su
control todos los mandos del gobierno y solamente ahora, por indisposición
de salud del detentor supremo, estos van a parar a otras manos previamente
designadas.
Casos como el del periodista Serrano son típicos en nuestro mundo. El poeta
chileno Gonzalo Rojas, Premio Literario Casa de las Américas 2008 declaró en
La Habana ser un fidelista convencido. Oscar Niemeyer, otro amigo
incondicional, dedicó elogiosas palabras al sistema que impera en Cuba. El
genio de la arquitectura brasileña y latinoamericana regaló al gobernante
cubano un conjunto construido en la UCI. La Plaza Niemeyer, con capacidad
para más de 13 mil personas sentadas, un estanque iluminado y una estructura
de acero pintada de rojo, quiere simbolizar la pervivencia del régimen
frente a las agresiones del imperio. Pero el monstruo que amenaza con
tragarse al cubano que lo enfrenta muy bien pudiera ser identificado con el
gobierno de la Isla.
Estos admiradores del sistema socialista cubano manifiestan su apego
ideológico de manera muy espiritual, pues viven dentro del mejor estilo
capitalista. Para ellos no es un problema ignorar la cuota de dolor pagada
por aquella parte del pueblo cubano que no se resignó a una omnipresencia
devenida en dueña de sus destinos. La Revolución en su esencia, las ideas
martianas y la felicidad de los cubanos es lo que menos importa a estos
devotos del castrismo. Mientras asisten con tristeza al ocaso del ídolo se
afanan en la creación de la leyenda. Su versión de la historia excluye a los
que sufrieron, y sufren todavía, la impronta del tirano.