Nada de bordados, nada de vestiduras
Yaxys D.
Cires Dib
Trascurrían
los turbulentos días del mes de octubre de 1917 después de que los
bolcheviques decidieran iniciar la insurrección armada. La rebelión dio paso
a la instauración del régimen totalitario comunista con Lenin a la cabeza,
personaje que defendió e incentivó la aplicación de lo que él mismo llamó
“el terror de las masas”. Triste recuerdo el de aquel sistema y el de tan
nefasto líder.
En aquel
contexto de efervescencia “revolucionaria” y de toma de los edificios
estatales, los bolcheviques encontraron por lo general poca resistencia. Sin
embargo, hubo un palacio que no pudieron tomar inmediatamente los golpistas:
el de Invierno, el cual a diferencia de lo que cuentan los historiadores
comunistas, que les gusta recrear con letras de oro las epopeyas de los
insurrectos, fue defendido por un grupo de mujeres, inválidos, unos
ciclistas y escasos cadetes. Heroicamente –y a estos si les viene bien lo de
héroes-, defendieron el Palacio hasta que por la confusión y por los rumores
se les dijo que Kérensky había salido de la ciudad, lo que provocó que
abandonaran el bastión. Posteriormente fue que entraron los otros por
puertas y ventanas que estaban abiertas y ante ninguna resistencia de los
cadetes a los que los propios ministros les habían instruido en que no se
derramara más sangre.
Sin
embargo, no es de la Revolución, de sus verdades y mentiras de lo que quiero
comentar. Resulta que siempre me ha llamado la atención cómo, cuando la
pandilla leninista tomaba el Palacio de Invierno e instauraban el régimen,
el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa se encontraba reunido en pleno,
con Patriarca, Obispos y Abades, discutiendo el tamaño y bordados de las
casullas, albas y demás vestiduras litúrgicas. Como si el mundo no
existiera.
Las
pretensiones totalitarias no son parte del pasado. En Latinoamérica, los
líderes neopopulistas quieren tomar el Palacio de Invierno. Gracias a Dios
la Iglesia –la Católica- está preocupada por temas que tienen que ver con la
persona humana, por sus tristezas, gozos y esperanzas. Los obispos
venezolanos, que durante estos días se reunieron en Concilio Plenario, han
emitido
un documento donde se expresan sobre la situación que vive el país
presidido por el dictador Hugo Chávez. Nada de bordados ni de vestiduras.
El
documento del episcopado venezolano, denuncia la intención del presidente
Chávez de instaurar un sistema socialista –totalitario- en Venezuela.
Advierte sobre las preocupaciones existentes en relación con el carácter
antidemocrático de las reformas que impulsa el presidente. Recuerdan que
“nadie, y mucho menos el presidente de la República, tiene derecho a
insultar o agredir a personas o instituciones que disientan de sus opiniones
o proyectos”.
La carta de
los prelados que cuenta con veintidós puntos expone también la difícil
situación social por la que atraviesa el país, que se ve asediado por el
aumento de la pobreza, la escasez de vivienda, el desempleo, "...los delitos
contra la vida y la propiedad, el sicariato o asesinato por encargo, los
secuestros y la extorsión conforman un cuadro de inseguridad, que
especialmente en las grandes ciudades y en la frontera con Colombia ha
alcanzado niveles alarmantes”. También señala, que “uno de los factores que
ha contribuido al aumento de esta violencia lo constituye el narcotráfico y
el lavado de dinero, que lamentablemente ahora está presente en casi todo el
territorio nacional". Males que según los obispos no pueden ser combatidos
mediante medidas populistas.
El camino
de la tolerancia, la reconciliación, el diálogo, la aceptación del otro, es
la solución para que Venezuela salga hacia delante, y no la implantación de
un “socialismo estatista que impide la primacía de la persona y de la
solidaridad, suplantándolas por la hegemonía del Estado”. El camino de la
defensa de la libertad y la paz está siendo transitado por los estudiantes
universitarios del país, que reciben un espaldarazo de sus pastores en el
mencionado documento.
A propósito
de este acontecimiento, me recuerda un amigo que, no es la primera vez que
la Iglesia Católica venezolana se enfrenta a los autoritarismos. Todos los
demócratas venezolanos recuerdan
la Pastoral del Arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias Blanco, el 1
de Mayo de 1957, documento que fue el inicio de la rebelión cívica que
conduciría a la salida, menos de un año después, de la dictadura de Marcos
Pérez Jiménez.
Bravo por
los pastores venezolanos, hombres que sin abandonar su condición de padres
de todos alertan a su pueblo sobre los peligros que amenazan a esa nación.
Un siglo más tarde muchos católicos estarán orgullosos al contar un
fragmento de la historia que podría iniciar de esta manera: “cuando el
dictador Hugo Chávez y sus huestes tomaban Venezuela, los obispos alertaban
a sus ovejas sobre lo que ello implicaría para el país… Nada de bordados,
nada de vestiduras”.