Entre el caos y la ayuda
José Ignacio Rasco

José Ignacio Rasco es Presidente de Honor del PDC. |
El espectáculo que los cubanos de allá y de acá están dando en esta etapa ciclónica de Cuba y el exilio invita de nuevo a una honda meditación. Esquemáticamente pudiera simplificarse: un gobierno isleño, soberbio, engreído, que desafía y niega toda ayuda del exterior. Y, del otro lado, un grupo de capitanes del pensamiento y de la acción que proclaman su afán de ayuda y cooperación en cualquier nivel.
Sin embargo este esquema dual que aparentemente se afinca en el interior y el exterior de la Isla no es tan sencillo como nos luce. La realidad es que, contra viento y marea, un espíritu de cooperación subyace entre muchos de allá y de acá. A pesar del empecinamiento gubernamental de la tiranía y el criterio oligárquico de algunos pocos elementos del exilio que piensan que lo mejor para Cuba es no enviar recursos económicos o materiales de ninguna clase para que la caldera explote.
Quien está trabajando o donando ayuda en el anonimato de los heroicos, de los cruzados, que saben que de hecho ha habido manos muy generosas con corazones entregados a ennoblecer ciertas acciones. El bien, la generosidad, a veces sabe que el contrabando de la caridad es lícito para ayudar a las víctimas del caos o del despotismo. Y eso es un poco hacia la vuelta de Cuba, sin guerra fría ni caliente, con un renacimiento todavía invisible de la clásica y tradicional cordialidad hospitalaria del criollo, una paz de fría apariencia, pero en el fondo, semilla de diálogo y abrazo. Los prejuicios se destetan con hechos que son siempre las mejores razones.
"Cuando salí de Cuba" dejé enterradas muchas cosas. La cubanía no ha muerto en el espíritu del exiliado, ni entre la mayoría de los cubanos de adentro, los que más sufren tal vez.
El pensamiento y el sentimiento cubano no está hipotecado, aunque a ratos se esconda para supervivir y saber convivir en pluralidad, en la calle y en los rincones clandestinos. Esta actitud es una esperanza para la conciliación y la reconciliación.
Esto explica, en parte, que en tantos prohombre cubanos, --sin excluir a las féminas-- que no sepan de odio sino de patriotismo y amor. Pienso en Osvaldo, en Dagoberto, en Roca, en los disidentes presos, en las Damas de Blanco y en toda esa Cuba que sufre. Y en el exilio hay muchos que piensan en el regreso a lo suyo, a su geografía y a su historia.
No nos engañemos en la apariencia y el volinglerío de algunos. Siempre en la Cuba histórica y parlanchina no han faltado algunos solistas del mal y de la traición. No hay regla sin excepción.
Las grandes crisis a veces engendran abrazos. Crisis quiere decir juicio. El hijo pródigo volvió. La batalla contra el prejuicio tal vez sea la próxima de cubanía. El cubano no sabe de odio. El que odia no es cubano. Excepciones no cuentan. Sin embargo, fuimos a las guerras de independencia y abrimos las puertas en la república a todos: canarios, gallegos, asturianos, catalanes...
Acaso nuestra geografía generosa abra las puertas para el diálogo, la reconciliación. Así fue siempre antes, desde la colonia. A lo mejor los huracanes se han llevado también muchos temores, temblores, terrores... Un sano pluralismo que amplíe la participación heterogénea, responsable, es base de la libertad.
Así lograremos reedificar la Isla rota por los ciclones, reconstruida por el amor patrio, la solidaridad y la participación democrática.
Sí, entre el caos y la ayuda, entre las intenciones y los hechos, puede surgir la paz, la democracia, la cubanía sin paredones, cárceles, ni exilios.
Publicado en Diario Las Americas.