La fórmula para lograr cambios
requiere un parlamento con voz propia
Miguel Saludes.
La sexta legislatura de la asamblea
parlamentaria cubana ha concluido su mandato. Esto no significa que todos
los que participaron en el ciclo que termina dirán adiós a su puesto en la
Asamblea Nacional. La mayor parte de los diputados, en particular aquellos
cuya candidatura es propuesta directamente por el Partido Comunista, cuentan
con la segura reelección para el próximo período. Raúl Castro encargado del
discurso de cierre, congratuló a todos los representantes del parlamento
cubano, señalando que tendrán trabajo en abundancia. En sus palabras de
despedida, el General no empleó las acostumbradas consignas de Patria y
Socialismo acompañadas de la palabra muerte, como única alternativa. Castro
el menor se limitó a hacer un llamado para trabajar duro en el año que
recién comienza.
Si la exhortación estaba destinada a
los componentes de la asamblea no podía ser más justa, pues en todos estos
años los que acreditan representar al pueblo han dejado un enorme cúmulo de
asuntos por solucionar. Más de un millón de planteamientos recogidos en las
discusiones promovidas por el Partido Comunista demuestran una falta de
respuesta a los problemas amontonado en décadas. Las justificaciones ya no
bastan. Ni siquiera aquellas que se parapetan en el embargo norteamericano y
hasta en las consecuencias del calentamiento global.
El segundo secretario del partido
dejó en claro que las críticas y sugerencias emanadas de la población se
deben más a deficiencias y errores del sistema. No es la primera vez que se
escuchan conclusiones parecidas. En ocasiones anteriores si los reproches
ascendían a un nivel inconveniente para el sistema, se daban por terminadas
las reuniones. Las quejas eran combatidas por hiper criticas y algunas
propuestas se catalogaban de revisionistas.
El trabajo de los parlamentarios
cubanos ha estado enfocado a complacer el discurso del momento. Sus
convicciones variaban según las circunstancias. Cuando se hizo necesario
aprobar la despenalización del dólar o dar carta blanca a los cuenta
propistas, todos coincidieron en valorar las ventajas de esas decisiones.
Claro que la propuesta vino desde arriba y la tarea de los asambleístas solo
consistió en apoyarla con intervenciones y finalmente votando unánime a
mano levantada.
Cuando los dueños de paladares y
otros negocios se fueron haciendo demasiado ricos, la apreciación superior
encontró nuevamente la dócil acogida de los legisladores. Los mismos que
aplaudieron aquellas medidas, la combatieron apelando a los más ridículos
argumentos. Una diputada testimonió sobre cierta peluquera de su municipio
convertida en “millonaria” gracias a su negocio. Otro habló de una maestra
que ganaba extras dando repasos. No se les ocurrió a los delegados proponer
una ley para mejorar el salario de los profesionales, sino cerrarle el paso
a la empresaria triunfante e impedir que la profesora siguiera en su
lucrativa labor adicional.
Varios problemas fueron destacados en el discurso con el que finalizó el
2007 el general Castro. Entre ellos se encuentra la producción de alimentos,
los altos precios, la propiedad de la tierra y otros recursos en manos de
quienes sean capaces de producir con eficiencia, así como la debida
retribución, el apoyo y el reconocimiento social para quienes tengan esa
aptitud. También señaló la problemática del transporte, la vivienda, la
educación, la salud, la recreación y la existencia de dos monedas,
calificando esta última situación como un asunto complejo a resolver.
El
Jefe del Ejército destacó que quienes ocupan un cargo o puesto de
responsabilidad deben saber escuchar y crear un ambiente propicio para que
los demás se expresen con “absoluta libertad.” Estos principios han estado
ausentes en la actuación del parlamento cubano. Una futura asamblea no
debiera estar integrada por incondicionales asentidores de las directivas
partidistas. Vale recordar la aprobación de la Ley 88, una vergüenza para
quienes deben defender las libertades constitucionales de su pueblo. Otro
desempeño sombrío de los diputados fue la aquiescencia de la intangibilidad
del socialismo al estilo fidelista, flagrante violación de la Carta Magna
que rige en la Isla desde 1976. Aquella maniobra tenía por objeto esquivar
la respuesta a los ciudadanos que patrocinaron con su firma el Proyecto
Varela.
Recientemente Oswaldo Payá Sardiñas,
a nombre del Movimiento Cristiano Liberación, entregó en la sede de la
Asamblea Nacional dos propuestas de leyes para que sean debatidas en el seno
del organismo legislativo. La primera es un proyecto de amnistía para los
presos de conciencia sancionados en la causa del 2003 y aquellos que no
hayan cometido actos violentos contra la sociedad. La segunda busca terminar
con las limitaciones impuestas a los que desean salir o entrar a su país.
Este plan se refiere a los permisos denigrantes y trabas migratorias
aplicadas a los nacidos en Cuba. Otras agrupaciones han dado pasos similares
en aspectos que interesan a la sociedad. Ellas merecen la misma prioridad
que la concedida a los problemas de carácter económico que afectan a la
ciudadanía.
El proceso político vivido en Cuba
ha demostrado que las decisiones validadas por mayorías abrumadoras no
necesariamente representan el verdadero sentir plural, ni significa una
ayuda para el buen desarrollo de la comunidad. La mejor manera de cumplir
con la voluntad popular es prestando oído receptivo a todas las voces,
incluso si estas provienen del lado minoritario.
No obstante el aparente inmovilismo
que reina en la esfera gubernamental y la permanencia casi íntegra del
elenco de sus actores, algo comienza a cambiar en el panorama nacional. A
pesar de la omnipresencia convaleciente del causante de tanto mal, su
influjo empieza a des dibujarse. Indudablemente hay que trabajar duro para
que las cosas cambien de una vez y para bien de todos. Es el compromiso al
que deben dirigir sus esfuerzos los responsables de hacer las leyes y velar
por su cumplimento. La cuestión es si la próxima legislatura estará
dispuesta a encaminarse en esa dirección.