Gina Montaner
No sé hasta cuándo los estudiantes podrán tomar las
calles de Caracas. Tal vez gocen indefinidamente de la libertad de disentir
y de protestar contra los delirios mitómanos de Hugo Chávez. Es difícil
precisarlo. Sólo sé que hoy por hoy aún se manifiestan y consiguen llegar
hasta la sede del Consejo Nacional Electoral. Es verdad que la policía los
dispersa a palos y con gases lacrimógenos mientras las huestes chavistas
encabezan actos de repudio. Pero todavía los muchachos salen, vocean y
ondean pancartas en el aire. Quién sabe si son las últimas boqueadas de la
libertad. La de los jóvenes. Ellos son la oposición.
Aunque es imposible no sentir preocupación por los
universitarios que se atreven a protestar, uno respira tranquilo cuando
todavía los ve burlando a las fuerzas represivas y sorteando a los
rotweillers del chavismo colorado. Con esa manía de la vena hinchada y
exaltados. Intoxicados por la jerigonza cantinflesca del milico circense. A
punto de inaugurar una confederación de repúblicas bolivarianas que es la
antítesis de Jauja. El ex golpista reconvertido en repartidor internacional
del erario público como si del mismísimo Tony Soprano se tratara. La farsa,
la pantomima y el régimen cubano, coherente con su vocación de mantenido, de
nuevo dispuesto a renunciar a la patria y la bandera. Sólo que esta vez por
un puñado de petróleo y no por latas de carne rusa. Por eso se explica la
presencia de los chicos en las calles de Caracas. Como recién despertados de
un sueño con somníferos. Sacudidos por el temor a no poder salir mañana.
''La calle siempre debe ser nuestra'', le insiste el anciano y enfermo Fidel
Castro cada vez que se reúne con su discípulo predilecto. El que a su
izquierda se sentará en la Ultima Cena.
No sé si a los estudiantes caraqueños les quedan años,
meses o días antes de que las manifestaciones se borren en la memoria y en
el tiempo. Una lejana evocación pisoteada por una nueva Constitución que en
verdad es una mordaza. Leyes y más leyes que restringen la libertad de
expresión y de movimiento. El derecho a la propiedad privada y a la
disensión. Perseguidos por el fantasma de un estado de emergencia que
acabaría con los medios de comunicación. La triste historia mil veces
repetida del presidio político. Los juicios sumarísimos. El fin del estado
de derecho. La trillada película de la irresistible ascensión de Arturo Ui.
Véanse Hitler y Castro. O pongamos que hablo de Hugo Chávez.
No hay mayor gesto de desafío que la imagen de la sociedad marchando a
favor de sus derechos. Cómo olvidar a los jóvenes checos enfrentados a los
tanques soviéticos en la primavera de Praga. En los
campus de las universidades americanas, enarbolando signos de la
paz y en contra de la guerra de Vietnam. En el Madrid de la
deseada transición. En un Berlín que ya no eran dos mientras la multitud
demolía a martillazos el muro de la vergüenza comunista. Las madres
argentinas de la Plaza de Mayo. O las damas de blanco asediadas en una calle
de La Habana. Y ahora, en la Caracas de 2007, los chicos y chicas toman las
calles porque, por fin, el miedo a que les arrebaten su libertad se les ha
metido en el cuerpo. Cada consigna, cada proclama y cada carrera delante de
los antidisturbios podrían ser la pirueta última antes del bozal y el
silencio. Les deseo toda la suerte del mundo. La van a necesitar.