No imites
el lado malo que reprochas en los otros
Miguel Saludes
A pocas horas de salir al aire la
más reciente serie de ataques contra la disidencia interna cubana, las
noticias especulaban sobre el posible despliegue de una nueva ola represiva.
Los temores se justificaban ante una supuesta solicitud hecha por Lázaro
Barredo Medina. Según las fuentes, el vocero de la Mesa Redonda, desde su
posición de diputado al Parlamento nacional, había pedido endurecer la
llamada Ley de Reafirmación de la Dignidad y Soberanía Cubanas, conocida
popularmente como Ley Mordaza.
Las críticas que provocara la emisión de estos programas, motivó la
respuesta de Barredo Medina, aparecida en Granma. El también director del
órgano político del Partido Comunista, argumenta en su artículo las razones
que obligan a lo que él insiste en llamar legítima defensa de Cuba. Para
defender lo indefendible se ampara en la Ley Helms Burton y agita el
esperpento del macartismo.
El contenido de la polémica ley, como bien indica Barredo, afecta
directamente a intereses extranjeros limitados por la legislatura a
disfrutar de las posibilidades que se les brinda en terreno insular.
Igualmente se ven afectados los ciudadanos norteamericanos que desean hacer
uso de su libertad de viajar al país caribeño. La firma aprobatoria de las
sanciones fue el gesto que justificó la creación de otro engendro. El
paquete de medidas adoptadas por el gobierno cubano como respuesta a las
disposiciones tomadas por la administración norteamericana, atropella las
libertades de su propio pueblo. Procurar el ejercicio de derechos
reconocidos internacionalmente como esenciales para el ser humano, se
considera en Cuba un atentado contra la seguridad nacional. El castigo
aplicado consiste en penalidades desmesuradas que al director de Granma
todavía le parecen insuficientes.
Pero a Lázaro Barredo le interesa más la situación de los inversionistas
norteamericanos o de otros países, que no pueden participar, como se
quisiera, de los beneficios ofrecidos en la Isla para los que quieren hacer
negocio. En ella existe un poder que intenta mantener el control total de la
sociedad y la imposición del mutismo entre la gente. Un ambiente que declara
subversiva cualquier entonación de reclamo, resulta una oferta tentadora
para los que buscan sacar ganancias sin temer que enfrentar los
contratiempos que suponen esas voces.
La dignidad y soberanía que el director de Granma pretende resguardar a
golpe de espada y bozal, significan la reafirmación del derecho totalitario,
con menoscabo de los que pertenecen al ciudadano común. Mucho antes de que
la Ley Helms Burton fuera aprobada, la represión era el escudo protector
usado por el sistema castrista.
Insiste el periodista en apelar al calificativo de mercenarios cuando se
refiere a los opositores cubanos y miembros de la sociedad civil
independiente. Un artículo de Laritza Diversent Cámbara, publicado en
Cubanet recientemente, resalta la definición del término mercenario, en una
convención sobre esa materia aprobada por la ONU en 1989. Ocurre que los
cubanos desconocen el contenido del Acuerdo. En el artículo primero de dicha
carta se toma en cuenta la índole violenta de los actos de participación
mercenaria. Vale preguntar si la protesta contra presidios injustos o la
solicitud de un referendo, con respaldo de la propia constitución vigente,
pueden considerarse hechos de violencia.
Recibir dinero no es bochornoso cuando se trata del sostenimiento de una
causa en pro de libertades y derechos. Lo reprochable es que los que asuman
ese reto sean dejados en la indefensión económica, sin trabajo o
posibilidades para buscarse el sustento, solo con la disyuntiva de ir a la
cárcel o al exilio. No fueron mercenarios los cubanos que recibieron dinero
para realizar una revolución contra la dictadura de turno. El financiamiento
llegó desde Estados Unidos, Venezuela y hasta de la misma base Naval de
Guantánamo. Tampoco se aplica este calificativo a organizaciones que reciben
ayuda, incluida la monetaria, para favorecer su gestión de lucha. ¿Por qué
sería aplicable tal ofensa contra los cubanos que piden libertades civiles
para su patria?
En cuanto al Macartismo que Barredo señala vigente en Norteamérica, parece
que este desarrolló un alma gemela a noventa millas. La misma apareció
reflejada en la programación que expuso una serie de materiales obtenidos
mediante violación de correspondencia y con la ayuda de cámaras ocultas
manipuladas por la policía política. La metodología aplicada por el
castrismo ha superado con creces la tenebrosa persecución desarrollada en el
período macartista. Vigilancia a todos los niveles, intromisión en la vida
privada de las personas, prohibiciones al acceso de libros e información, la
sospecha generalizada, estigmatización de las posiciones críticas con el
calificativo de contrarrevolucionarias, el sello de enemigo presto a ser
estampado sobre todo lo que resulte discrepante. A esto se suma la
inexistencia de sindicatos u organizaciones independientes, ausencia de la
libre expresión y el establecimiento de leyes contra las que casi es
imposible defenderse. Cámbiese el nombre del patrocinador de la idea junto
con el color ideológico que se quiere salvaguardar mediante estas prácticas
y veremos como macartismo y fidelismo se homologan.
Mirar al pasado es útil, cuando ello no conlleva a la paralización.
Fisgonear en el patio ajeno para detenerse en sus imperfecciones, es
aceptable si con la observación se logra evitar que proliferen las malas
experiencias vividas por el vecino. También es beneficioso cuando se aprende
de lo positivo que indudablemente tiene que existir al lado opuesto de la
cerca. Pero hacerlo para contabilizar lo negativo y justificar su
reproducción en casa propia, es una posición absurda defendida por Barredo
Medina y muchos como él. El futuro precisa de una mentalidad sin
anquilosamientos, abierta a realizar cambios que generen lo positivo. Un
contexto en el que las personas con ideas diferentes puedan sentarse en la
misma mesa. Donde el otro no sea tratado bajo el apelativo de enemigo, sino
con el nombre de compatriota, o más sencillamente con la dignidad del
gentilicio que le dio la tierra donde nació.