Miedo al
cambio en ambas orillas
Miguel Saludes
El
ambiente proclive a cambios que caracteriza las venideras elecciones en
Estados Unidos y el reclamo de un tránsito que posibilite transformaciones
democráticas en Cuba, tienen en común la desconfianza con que es acogida la
intención por un sector importante de la sociedad en ambos países. La causa
de esta respuesta cautelosa responde al miedo.
La
candidatura del primer afro americano para ocupar la silla presidencial en
Washington despertó profundas reservas entre los votantes, incluso no pocos
demócratas. El dilema planteado por la cerrada carrera entre los posibles
contrincantes de la fórmula republicana, cobró una nueva dimensión tras el
favoritismo obtenido por Obama. El asentimiento de Hillary Clinton al
apretado triunfo de su oponente correligionario, evitó una problemática
mayor a su partido. Muchos aseguran que de haber llegado a la convención, no
era improbable que el cónclave optara por inclinar la balanza a favor de
Clinton, a pesar de las consecuencias negativas que ello hubiese provocado.
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Ahora
que la situación está definida, no son pocos los demócratas que dejan asomar
sus dudas y temores ante la posibilidad de que Barack Obama llegue a la Casa
Blanca. La palabra Cambio, que identifica su campaña, es la justificación
principal que esgrimen para manifestar su recelo. El motivo del rechazo
resulta incongruente, pues los que enarbolan el criterio coinciden en
señalar la problemática que sirve de fundamento al senador de Illinois para
argumentar su promesa. Una guerra que consume enormes recursos, la
prolongación del conflicto que parece complicarse por día, y una situación
de receso económico cada vez más evidente, tendrían que darle a la palabra
cambio la connotación del advenimiento de buena noticia.
Hay
razones para el asombro ante el velado rechazo hacia el propósito de
cambiar, cuando los acontecimientos de la vida cotidiana en Norteamérica
están llenos de señales propiciatorias a transformaciones. Esto concierne
tanto al aspecto interno como a la manera de percibir un mundo externo cada
vez más cambiante y lleno de desafíos. No solo se trata de problemas medio
ambientales sino de la profunda situación socio económica que afecta a la
sociedad estadounidense y el resto del planeta, cuyo liderazgo lleva en gran
parte sobre sus hombros la nación americana.
Los
oponentes a Obama no dejan de pasar la oportunidad para echar leña al fuego.
Los malos augurios sobre el peligro de su discurso con tonalidades
cambiantes, encuentra eco en muchos exiliados, cubanos y venezolanos. Unos
por vieja experiencia y los otros más recientemente, han sufrido las
secuelas que pueden venir aparejadas junto a las mejores intensiones de
enderezar las torceduras del mundo.
Noventa
millas al sur de la Florida cambiar también es la palabra de orden.
Coincidentemente su mención despierta una rara mezcla de sentimientos
contrapuestos, A unos su mención les trae sonidos esperanzadores. Otros se
asustan y algunos llegan al paroxismo del espanto. Después es de medio siglo
de gobierno de partido único y poder dictatorial, es inconcebible el
sentimiento de una parte considerable de la sociedad al mirar
desconfiadamente hacia un futuro diferente. Los grupos opuestos al cambio,
tanto los que viven en una sociedad libre como los que están bajo el peso de
la bota totalitaria, concluyen que mover lo establecido resulta peligroso.
Ambos se identifican con la conocida divisa. Mejor malo conocido que bueno
por conocer.
Todo
cambio es un reto. El pueblo norteamericano ha sido un retador clásico. La
independencia, la cruenta guerra civil, dos guerras mundiales y una
catalogada de fría que estuvo al borde de la explosión, sumado a un
liderazgo llevado a extremos controversiales y la superación de males
propios como el racismo, la pobreza y la emigración, no han sido impedido
que Estados Unidos sea una gran nación.
Cuba,
con una historia más breve, supo vencer enormes desafíos. Escoger el camino
hacia la independencia pagando un alto precio no fue el único de ellos. La
instauración republicana, superando varias expectativas y la Revolución de
1959, trajeron nuevos retos. La democracia queda ahora como la gran meta a
alcanzar.
De esta
manera las dos naciones vecinas, tan diferentes como cercanas, llegan juntas
a una misma encrucijada. En el caso de Estados Unidos será el voto en las
urnas el que diga si realmente los norteamericanos están preparados para
elegir un presidente de la raza negra. El resultado que dirima esta opción
debe encarar dos cuestionamientos esenciales. Un alto sentido de justo
discernimiento sobre la capacidad real del candidato demócrata para asumir
esa responsabilidad histórica o la preponderancia de prejuicios latentes en
la sociedad que signifiquen un freno para su crecimiento.
En la
Isla cercana también corresponde al pueblo un replanteamiento sobre su
futuro. En este caso la disyuntiva pasa por el camino cívico. Recuperar los
derechos conculcados desde hace cinco décadas supone dos grandes retos para
los cubanos. Permanecer en el mismo sitio, paralizados por el miedo a
enfrentar el futuro en democracia o emprender la edificación de una sociedad
justa, con libertades, sabiendo que la decisión implica nuevos desafíos.