El
pueblo colombiano no quiere a las FARC.
Miguel Saludes
"Realmente lo digo, aunque
alguien se pueda molestar, las FARC y el ELN no son ningunos cuerpos
terroristas. Son ejércitos, verdaderos ejércitos"
Hugo Chávez Frías.
La
marcha convocada este 4 de febrero contra las FARC y sus actos de violencia,
significa un duro golpe a la postura de Hugo Chávez respecto a la
organización guerrillera. La idea lanzada por un grupo de jóvenes
colombianos, casi todos residentes en su país, fue acogida por cientos de
miles de personas que se manifestaron en las calles de la nación
sudamericana y en ciudades de otros países. Roma, Melbourne, Madrid, Munich,
La Haya, Estambul y Tokio, fueron algunas de ellas. Multitudes que no pueden
ser acusadas de estar bajo los influjos de la Casa Blanca, salieron a
gritarle Basta Ya a las fuerzas que Chávez defiende. Este busca legitimarlos
como paladines del pueblo.
Los oficios de
buena voluntad del presidente de Venezuela en relación a los secuestrados de
las FARC, muestran otros propósitos menos altruistas. Las declaraciones
recientes del mandatario, pidiendo el reconocimiento de las guerrillas
colombianas en su condición beligerante como ejército regular, mostraron la
carta a la que apostaba Chávez. Aunque las cosas no salieron totalmente
según lo planificado, la liberación de Claras Rojas y Consuelo Gonzáles le
sirvieron de comodín para lanzar su plan.
El primer paso
del proyecto fue abortado tempranamente por el gobierno de Álvaro Uribe. De
haber seguido la ruta trazada por el inquilino de Miraflores, la liberación
de los principales cabecillas guerrilleros en poder de la justicia
colombiana, sería precedida de una negociación con los jefes de las fuerzas
insurgentes. Lograr unas conversaciones entre iguales, era el primer peldaño
para el ascenso al gobierno a través de la vía electoral. Dinero, recursos y
apoyo logístico no les iban a faltar. La campaña a su favor estaba
garantizada. Combinando esto con un cambio de imagen ante la opinión
pública, se podía contar con un posible triunfo en las urnas.
Los
acontecimientos de días recientes han revelado nuevas aristas contenidas en
el proyecto de Chávez. El llamamiento a formar un ejército unificado en el
continente latinoamericano, comandado por Caracas y La Habana, posiblemente
incluía a las tropas de Marulanda y compañía. Compuestas por un número nada
despreciable de efectivos (se calculan más de veinte mil entre las FARC y el
ELN), bien armados y fogueados en una guerra que perdura por espacio de
cincuenta años, además de las mañas aprendidas en su particular estilo de
guerrear, hacen de este cuerpo una fuerza élite temible. Mucho más desde un
gobierno bajo su control o con el reconocimiento que les daría la
institucionalidad de un ejército regular.
Resulta
indefendible pretender que es falsa la acusación de terroristas que pesa
sobre los integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
Los atentados contra la población civil y miles de secuestros realizados en
todos estos años, así como el mantenimiento de rehenes, constituyen una
práctica inhumana muy recurrida por estos grupos armados. El hecho de que
los cautivos en su inmensa mayoría sean personas pacíficas, ciudadanos
comunes, mujeres y niños, reafirma la connotación criminal de estos actos.
Los secuestrados, sometidos a condiciones precarias y sin ningún contacto
externo que permita dar fe de sus vidas, se encuentran en el limbo de los
desaparecidos. La diputada Ingrid Betancourt es un caso emblemático de esta
problemática.
Las
guerrillas tienen otro aval en su contra. El contubernio entre los alzados y
el narcotráfico ha sido denunciado con pruebas fehacientes. Aunque algunos
todavía mantengan la consigna de que en las guerras todo vale, existe una
ética que no puede desconocerse si los que luchan dicen hacerlo en nombre de
la justicia y la libertad.
Pero lo
menos congruente de las motivaciones que sustenta las FARC en su contienda
es que el enfrentamiento no es contra una dictadura. El objetivo a derrocar
no es una junta militar ni un partido único en pleno dominio de la sociedad.
La beligerancia guerrillera se lleva contra una democracia, que a pesar de
sus defectos, se ha mantenido estable durante décadas. Desde que el Frente
Nacional reinstaurara el régimen electoral en 1958 con la presidencia de
Alberto LLeras Camargo, once gobiernos constitucionales se han sucedido en
la presidencia colombiana.
Las aadministraciones
de Belisario Betancourt, Andrés Pastrana, César Gaviria, Ernesto Samper y la
actual de Uribe, han tenido que sufrir de alguna manera el obstáculo que
significa la dura batalla contra la violencia. El precio pagado ha sido
alto, no solo en vidas humanas. El desarrollo del país se ha visto frenado
por el desvío de ingentes recursos hacia el ejército. Todo porque un grupo
apostó por los métodos radicales a lo Castro, como una buena receta para el
destino de su gente.
El
Congreso de la Venezuela bolivariana en respaldo a los pronunciamientos de
su presidente, manifestó la necesidad de darle a las FARC y al ELN un trato
político que genere confianza en las negociaciones hacia el camino de la
paz. Reclamar un lugar preponderante para quienes desprecian las reglas
civilizadas, es una maniobra irresponsable. La liberación incondicional de
todos los secuestrados y la renuncia a la violencia por parte de quienes
apelan a su uso, deben ser un paso consecuente que posibilite el diálogo
respetuoso y franco. Si la intención real que anima a los líderes de las
FARC y el ELN es lograr un mejor clima socio político para su pueblo, lo
pueden demostrar tomando la iniciativa.