Las veletas del neo anexionismo giran hacia el Sur.
Miguel Saludes.
Las declaraciones de Felipe Pérez Roque sobre intenciones
futuras que afectan a la soberanía cubana provocaron numerosos
comentarios en el exterior. Durante su estancia en Nueva York el
funcionario aseveró que Cuba estaba dispuesta a renunciar a su
bandera y estatus de nación soberana para integrarse en una
confederación con Venezuela.
La polémica desatada por las palabras del representante de la
diplomacia cubana apenas ha sido divulgada en la Isla. Pero ante
el revuelo generado en círculos externos y algunos internos, el
Presidente de la Asamblea Nacional Ricardo Alarcón aclaró, a su
manera, este desborde con marcado carácter anexionista. Lejos de
restar credibilidad o desautorizar lo dicho por el titular de
relaciones exteriores, Alarcón afirmó que Cuba siempre ha
aspirado a formar parte de una ''patria grande''
latinoamericana. El representante del poder, con facultades
absolutas para interpretar la voluntad nacional, aclaró que la
materialización de ese deseo aún está lejana.
La idea, expresada de manera tan abierta por Pérez Roque, no es
original de su pensamiento. El tema viene tomando cuerpo desde
hace meses, tal vez años, y sus progenitores son los regimenes
de Caracas y La Habana. Hay afirmaciones de que uno de los
artículos de la reforma constitucional que apresura Chávez en su
país, contiene un artículo que prevé la concreción de ese
acontecimiento. Durante su más reciente visita a la isla
caribeña, el mandatario esbozó la posibilidad de una unidad
entre ambas naciones. Aunque Raúl Castro matizó las palabras
del presidente venezolano, en ocasiones anteriores se han
mostrado avances del proyecto confederativo cubano venezolano.
Carlos Lage dio un anticipo al asegurar que ambos pueblos
contaban con dos presidentes.
Muchos opinan que estas manifestaciones no deben ser tomadas en
serio. Otros señalan que se trata de pura retórica y que el plan
es irrealizable. Un artículo publicado en El economista de Cuba
bajo la firma del Dr. Fidel Vazcos-González, ofrece elementos
que demuestran el nivel alcanzado en esta diligencia. El titulo
que encabeza el texto- Hacia una confederación de estados- no
puede ser más sugerente. El periodista se remite a sendas
reuniones celebradas a finales de abril en la capital
venezolana, bajo la sombrilla del ALBA y que al parecer dejaron
sentadas las bases de la futura fusión. Por su parte Hugo
Chávez abogó por conformar una Confederación de Estados
identificados con la iniciativa bolivariana.
Algunos detalles de la proyectada Confederación hablan de que
los países integrantes conservan su personalidad e independencia
tanto en la vida interna como en la externa, salvo en lo
referente al plano internacional, que es objeto de la Unión.
Esto va mucho más allá de objetivos económicos y culturales.
Según Vazcos-González, existen tres obstáculos que conspiran
contra este objetivo. El primero, como es de suponer, Estados
Unidos. El segundo lo ponen las oligarquías nacionales. Y la
tercera barrera a superar está compuesta por propias
nacionalidades, a las que el periodista tilda de factor
subjetivo. Este es el punto que preocupa a los anexionistas de
nuevo tipo. Para salvar el escollo proponen un intenso trabajo
de educación política e ideológica que permita a los pueblos
identificar la unión que deben repudiar (el ALCA) y la que deben
promover (la patrocinada por Chávez y Castro). Todo parece
indicar que la parte cubana ofrecerá el aporte educativo, pues
cuenta con amplia experiencia en el arte de convencer a las
masas.
El fundamento de todo este embrollo se sostiene en la esencia de
un discurso pronunciado por Fidel Castro en 1972 justo durante
un aniversario del 26 de Julio. El escritor reseña el fragmento
donde el Comandante proclama la posibilidad de diluir la Nación
en aras de integrarla a una comunidad mayor, junto al movimiento
revolucionario latinoamericano y en contra del imperio
norteamericano. Aquellos eran tiempos de CAME. Los ojos
integracionistas estaban puestos muy lejos, allende los mares.
El idioma ruso tenía prioridad en este rincón del Caribe. Se
preparaba el texto de una Constitución donde por vez primera se
hacía reverencia a una potencia extranjera. Los rostros de
Carlos Marx, Engels y Lenin, desplazando a pensadores y
patriotas cubanos, ocuparon un sitial de honor junto a los de
Martí, Maceo y Gómez. A pesar de lo que algunos consideran la
rusificación de Cuba, este proceso no llegó a extremos como los
que se anuncian ahora.
Es paradójico que mientras los funcionarios del gobierno cubano
hacen gala de este tipo de manifestaciones, asumiendo
públicamente la posibilidad de una unidad multinacional que
conlleve a la desarticulación nacional, en las cárceles de la
Isla se encuentran hombres acusados de mercenarios y pro
anexionistas. El gran delito cometido por estos ha sido luchar
por la libertad de expresión y el ejercicio soberano del pueblo.
Jamás alguno de ellos esgrimió como identidad de su pensamiento
la renuncia a los valores patrios ni la subordinación por
intereses ante poderes externos.
Puede que los especialistas lleven toda la razón y nada de esto
merezca el menor esmero. Pero si por una parte la fantasía
parece difícil de realizar, incluso impracticable, lo que pesa
en ella es la intención. La misma existe en la mente de un grupo
dispuesto a todo por conservar el poder totalitario, incluso a
renunciar a bandera, himno y patria. Para colmo, sin el menor
decoro, no vacilan en justificar sus anhelos manipulando el
pensamiento de José Martí.